
Cuenta la historia que en una lejana montaña, habitaba un noble caballero, con tez dorada como el sol sólo ambicionaba encontrar la esencia de la belleza, se dedico a gastar sus años en esas andanzas, tanto que olvido el valor de la espada y el candor y peso de su armadura, gastados sus dias de fuerza refugiaba su vida tras los fuertes brazos de aquella montaña.
Veia la flor y deseaba el misterio de su aroma, veia la lluvia y anhelaba la frescura de su caricia, veia el sol y queria la fuerza de su calor, veia el viento y sentia la pasión de su carrera. Pero por sobre todo lo que veia la belleza en su esencia de él se escondía.
Ocurrió un dia, que fue tal su ambición por conocer aquel misterio que busco en sus ojos la pálida luz de la consciencia, abandonado ya por su mirada, se refugiaba en la noche de los pensamientos, ahí descubrio nuevamente sus paisajes, los veia con la fuerza de sus recuerdos, la flor, el viento y la lluvia se conjugaban con el brillo del sol, no se apagaba en su memoria las leyes que sus ojos no recordaban, antes generaba, fusionaba y recreaba la belleza de las cosas. Fue así como nuestro caballero conoció en la soledad de su nocturna visión, que la belleza se escondía en su interior, que era el recuerdo la herramienta capaz de cautivar la esencia de las cosas, generarlas, fusionarlas y recrearlas.

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